Una mañana cualquiera, yo, Estrellita Vitaminas, junto a otro compañero, visitábamos la UCIP (Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos).
Allí, en uno de los boxes, encontramos a una niña de unos dos años, sedada e intubada.
Su madre y su padre la acompañaban con gesto preocupado.
Ante aquella imagen, mi cerebro de payasa se puso a trabajar, calculando qué propuesta podíamos ofrecer en un momento tan delicado.
Puse mi mano como si guardara algo muy valioso y deposité en ella unos cuantos besos de payasa. Después se los ofrecí a los padres, que hicieron lo mismo con sus manos para recogerlos.
Una vez creado aquel pequeño ritual, ya teníamos un espacio compartido. Empezamos a bromear sobre todas las cosas que podían hacerse con aquellos besos: guardarlos para más tarde, repartirlos a partes iguales, poner uno debajo de la almohada o regalar uno a quien más lo necesitara.
Poco a poco, la tensión fue aflojándose.
La madre y el padre dibujaron una pequeña sonrisa.
Y, en aquel instante tan sencillo, tan pequeño y humano, el objetivo estaba cumplido.
Estrellita Vitaminas