Tiene veintisiete años. Y hace veintisiete años que se siente bastante solo.
A las pocas horas de llegar a este mundo, su mamá se marchó para siempre, así que aprendió a surfear; a remar la vida. A veces arriba, muchas otras veces abajo. Su familia: su abuela.
Todo iba más o menos bien… hasta que, hace un año, los remos de la vida empezaron a fallar. Era necesario cambiar de procesador, pero no sabía cómo hacerlo, y la abuela, con una cadera rota, tampoco. En aquel momento, levantó la bandera blanca y gritó: “¡No puedo más!”. Luego vino el accidente, la hospitalización y muchos meses en la 4I de Can Misses. Fue ahí cuando nos conocimos.
Un martes, Pastilla y yo, Lola Cortisola, entramos en su habitación. Entonces su abuela nos dijo: “No podéis entrar, él está muy cansado”. Pasaron las semanas y seguimos tocando la puerta… hasta que un día nos abrió la puerta de su habitación. Lo que no sabíamos en aquel momento era que también nos abría la puerta de su corazón.
Los cambios se fueron produciendo poco a poco: una semana solo nos miraba, la siguiente nos decía poquitas palabras… y así, hasta hace justo tres días, cuando nos encontramos con nuestra “competencia clown” en el hospital. No sabemos cómo, había conseguido una nariz roja y ahora visitaba a los pacientes de cada habitación de su planta.
Aquel martes nos sentimos muy contentas: no éramos necesarias, había competencia, y lo más importante, sabíamos que seguía surfeando la vida… ahora con una sonrisa y una nariz roja.
Lola Cortisola