La riñonera de los recuerdos

Siempre llevo encima mi riñonera. Es imprescindible: transporte todos los instrumentos que me caben, títeres y un poquito de magia. 
 
El que pasa es que, al final de cada jornada, esta riñonera siempre acaba llena otras cosas. Cosas que no se ven, pero que entran para quedarse guardadas en una parte de mí: recuerdos, risas, sonrisas… y también alguna lágrima. 
 
Y en Navidad, todavía más. Es una época en que la riñonera siempre vuelve especialmente llena. 
 
Un día fui a Urgencias con mi compañera. vimos una familia extranjera que había venido a pasar unos días de vacaciones. Su hijo estaba en observación y tenía mucho de dolor. 
 
Hay cosas que se notan al aire. La energía de las personas que habitan un espacio. Cuando pasábamos por ante aquel box, se respiraba preocupación, incertidumbre y cansancio. A través del vidrio nos hicieron entender que era mejor no entrar. Estaban quitados el sueño y el niño necesitaba descansar. 
 
El día siguiente volví a Son Espadas con otra compañera. Hicimos todo el programa y, para acabar la jornada, fuimos a Urgencias. Después de la transmisión con el equipo sanitario, empezamos las visitas: primero un box, después otro… hasta que llegamos al último. 
 
Ostras! Todavía eran allá. La misma familia. 
 
Comenté a mi compañera que el día antes les había visto muy preocupados. Pero, luego que nos vieron a través del vidrio, entendimos que algo había cambiado. Nos recibieron con una sonrisa de oreja a oreja. Nos saludaban con la mano, invitándonos a entrar. 
 
Ellos hablaban alemán. Nosotros… cualquier idioma inventado. 
 
Y, aun así, nos entendimos. 
 
Empezamos a cantar una versión de Don’t Worry, Be Happy tan pulida que incluso parecía que yo no cantaba. El niño se olvidó por un rato de donde era, y sus padres dejaron escapar unas lágrimas que no eran de tristeza, sino de alivio. 
 
Aquel box se había llenado de una energía completamente diferente. Era la alegría de la recuperación. El gozo de poder celebrar aquello que a veces solo valoramos cuando lo hemos tenido en peligro: la salud. 
 
Salimos de la habitación en silencio, guardando aquel momento dentro de mi riñonera. 
 
De golpe, el padre nos gritó desde el pasillo. 
 
—Por favor… volvéis. Cantad otra. 
 
Nos miramos, sonreímos… y volvimos hacia aquel box como quien vuelve a casa en Navidad. 

Cataplasma