Hay canciones que nunca deberían caer en el olvido. Canciones que forman parte de la memoria de un pueblo y que, cuando vuelven a sonar, tienen la capacidad de despertar recuerdos que parecían dormidos. Cuando las cantamos en las habitaciones de las personas mayores, les cambia la cara. De repente regresan los juegos en la calle, los caminos entre campanarios, las tardes de infancia y aquellas pocas pesetas que bastaban para comprar un helado.
Eso fue lo que ocurrió en una habitación donde el ambiente pasó de la tensión a una gran tranquilidad. Mi compañero Pildorín y yo comenzamos a cantar una de esas canciones populares mallorquinas y, de pronto, escuchamos cómo las usuarias y sus acompañantes se unían a nosotros.
Sin darnos cuenta, terminamos compartiendo una gran canción entre todos. Las voces se mezclaban, brotaban algunas lágrimas, alguien se animaba a bailar un poco y todos nos regalábamos mutuamente aquel momento tan especial. Era como si la música hubiera abierto una puerta a los recuerdos y a las emociones compartidas.
Al terminar, nos agradecimos unos a otros haber vivido aquel instante. Y una vez más comprobamos el poder que tiene la música para acercarnos, acompañarnos y transformar un espacio.
Qué gran alegría poder convertir, aunque solo sea durante unos minutos, una habitación de hospital en un lugar lleno de recuerdos, emoción y vida. 🎶💛
«Na Catalina de plaça,
aquella que ven es pa,
li encengueren sa traca
i ella tota s’assustà.
Va sortir en camieta,
tan sols no duia corsé,
i de tan guapa que anava
pareixia un bebé.»