Un milagro de fin de año

Era un martes por la mañana, de aquellos que empiezan con olor de fiesta gorda. En Palma de Mallorca se celebraban las fiestas patronales de San Sebastián, y en el hospital Son Llàtzer el dúo de payasos —Toribia Molécula y yo mismo, Micromino— nos preparábamos para repartir sonrisas como quienes reparte confeti. 
 
Todo parecía normal. Demasiado normal, incluso. Y esto, para dos payasos, siempre es sospechoso. 
 
Cuando llegamos en la unidad de neonatos, nos encontramos con unos padres jóvenes, con ojeras de no dormir y un bebé tan pequeño que parecía acabado de salir de un cuento. Nos acercamos con nuestra mejor voz de cantantes de ducha y le regalamos una de sus primeras canciones. El bebé, encantado. Los padres, sonrientes. Nosotros, triunfantes. 
 
Pero entonces… la madre empieza a explicar la historia: 
 
—Resulta —dice ella— que el día de Año Nuevo yo estaba fatal, con un dolor de estómago aquí abajo que no podía ni andar. 
 
Se van al centro de salud del barrio, y después de las primeras pruebas, el médico le dice: 
 
—No te puedo dar nada por el dolor… porque da positivo en embarazo. 
 
La madre abre los ojos como dos naranjas de Sóller. 
 
—Pero como puede ser esto? Si no tengo barrigo! Y además… todavía tengo el periodo! 
 
Toríbia y yo nos miramos. Yo casi me saco la nariz roja del susto. 
 
Total, que les envían a urgencias. Y allá, después de unas cuántas caras de sorpresa y un padre que no sabe si sentar, correr o comerse una ensaimada por nervios, les dicen: 
 
—Señor, señora… está embarazada. Y no solo esto: está dilatada de siete centímetros. El bebé viene de camino. Ahora mismo. 
 
Siete centímetros. Sin panza. Con el periodo. Y el bebé diciendo: “Feliz año nuevo, familia Un milagro de fin de año 
 
Era un martes por la mañana, de aquellos que empiezan con olor de fiesta gorda. En Palma de Mallorca se celebraban las fiestas patronales de San Sebastián, y en el hospital Son Llàtzer el dúo de payasos —Toribia Molécula y yo mismo, Micromino— nos preparábamos para repartir sonrisas como quienes reparte confeti. 
 
Todo parecía normal. Demasiado normal, incluso. Y esto, para dos payasos, siempre es sospechoso. 
 
Cuando llegamos en la unidad de neonatos, nos encontramos con unos padres jóvenes, con ojeras de no dormir y un bebé tan pequeño que parecía acabado de salir de un cuento. Nos acercamos con nuestra mejor voz de cantantes de ducha y le regalamos una de sus primeras canciones. El bebé, encantado. Los padres, sonrientes. Nosotros, triunfantes. 
 
Pero entonces… la madre empieza a explicar la historia: 
 
—Resulta —dice ella— que el día de Año Nuevo yo estaba fatal, con un dolor de estómago aquí abajo que no podía ni andar. 
 
Se van al centro de salud del barrio, y después de las primeras pruebas, el médico le dice: 
 
—No te puedo dar nada por el dolor… porque da positivo en embarazo. 
 
La madre abre los ojos como dos naranjas de Sóller. 
 
—Pero como puede ser esto? Si no tengo barrigo! Y además… todavía tengo el periodo! 
 
Toríbia y yo nos miramos. Yo casi me saco la nariz roja del susto. 
 
Total, que les envían a urgencias. Y allá, después de unas cuántas caras de sorpresa y un padre que no sabe si sentar, correr o comerse una ensaimada por nervios, les dicen: 
 
—Señor, señora… está embarazada. Y no solo esto: está dilatada de siete centímetros. El bebé viene de camino. Ahora mismo. 
 
Siete centímetros. Sin panza. Con el periodo. Y el bebé diciendo: “Feliz año nuevo, familia! 
 
Y así, días después, Toribia Molécula y yo nos encontrábamos ante aquel pequeño milagro: un bebé valiendo como él solo, escuchando la suya primera canción… interpretada por dos payasos que todavía no se habían recuperado del relato. 
 
—Bienvenido en el mundo, campeón! —le dijimos con una sonrisa y un poco de admiración. 

Micromino