Por los pasillos de Can Misses caminaba Guido Latido,
que en cada esquina encontraba algo capaz de sorprenderlo.
Cada jornada traía un nuevo aprendizaje,
una aventura distinta en su particular viaje.
Codo a codo con la entrañable Lola Cortisola,
entraron en una habitación donde un niño no estaba solo.
Con la mirada atrapada en una pantalla,
parecía habitar otro mundo, una realidad hecha a su medida.
Su madre les explicó, con paciencia y dulzura,
que en la realidad virtual encontraba refugio y calma.
Jugaba y jugaba sin apartar la vista,
respondiendo apenas con alguna palabra mecánica y distraída.
Entonces Guido Latido pronunció una palabra mágica:
—Magia.
Y algo cambió.
Los ojos del niño se levantaron de la pantalla
y, durante un instante, sus miradas se encontraron.
—¿Un truco de magia? —preguntó.
Guido improvisó un número de mentalismo bastante dudoso,
de esos que tienen más entusiasmo que técnica.
Y precisamente por eso funcionó.
Las risas comenzaron a llenar la habitación.
El pequeño quiso participar y, con toda la solemnidad del mundo, exclamó:
—¡Abracadabra, pata de cabra!
Y entonces ocurrió el verdadero milagro.
Dentro de una bolsa apareció una vieja media que nadie esperaba encontrar.
Y dentro de aquella media, como por arte de encantamiento, apareció la carta elegida.
Los ojos del niño brillaban como dos estrellas.
Parecía convencido de que había sido él quien había hecho posible el truco.
Y, en realidad, quizá tenía razón.
La carta contenía un mensaje sencillo:
«Sigue creyendo en tu magia. Te quiero de corazón.»
Durante unos minutos desaparecieron las pantallas, los pasillos y el hospital.
Solo quedaron las risas, la sorpresa y la certeza de que la magia no estaba en la bolsa, ni en la carta, ni siquiera en el truco.
La magia estaba dentro de él.
Y encuentros así son los que siguen latiendo, mucho tiempo después, en el corazón de Guido Latido. ❤️