La canción que siguió sonando 

Hace unos años, yo, la doctora Pastilla, caminaba, como cada día, por los pasillos de pediatría. 

Detrás de cada habitación había siempre una historia diferente: niños grandes y pequeños, recién nacidos, inquietos, dormilones, risueños o tímidos. Cada uno con su propio mundo. 

Aquel día, al abrir una de las puertas, me encontré con una bebé de apenas cinco meses. Descansaba tranquila en su camita de hospital. A su lado, muy pegadita, estaba su madre, con una sonrisa serena y, a la vez, con una fuerza incalculable. 

Saqué rápidamente mi ukelele y comencé a tocar una canción muy suave llamada «Malaika». 

Mientras la música llenaba la habitación, sucedió algo diferente. La madre, emocionada, me dijo que su pequeña, la mayoría del tiempo, apenas reaccionaba, pero que, al escuchar la canción, había comenzado a mover lentamente los pies. 

Era un movimiento pequeño, pero también era una enorme esperanza. 

Desde aquel día, cada visita se convirtió en un encuentro especial. La música llenaba la habitación y, durante unos minutos, todo parecía un poco más ligero. 

Con el paso del tiempo llegaron las noticias difíciles. Los médicos descubrieron que tenía una enfermedad rara, una de esas enfermedades de las que nadie puede asegurar cómo será el mañana. 

La familia comenzó un largo camino entre hospitales, consultas y tratamientos. Y yo, la doctora Pastilla, dejé de verla. 

Pasaron más de dos años. 

Hasta que un día volví a abrir una puerta, esta vez en rehabilitación pediátrica, y allí estaba ella. Grande, observando, moviéndose… Y también estaba aquella sonrisa de fuerza incalculable que podía con todo. Y era verdad: podía realmente con todo. 

Ya no era aquella bebé de cinco meses. 

Había crecido, comía, jugaba, miraba. Muchas de las peores predicciones nunca llegaron a cumplirse. Detrás de aquella niña había una madre que nunca dejó de luchar, una madre que eligió la esperanza cada día. Y una niña con unas inmensas ganas de vivir. 

Apenas abrí la puerta, su madre y yo nos miramos. Nos reconocimos al instante. Yo sonreí, ella sonrió y, sin necesidad de muchas palabras, nos abrazamos. 

Después, el ukelele volvió a sonar. 

Esta vez, ella, la niña que ya no era un bebé, me miraba. Movía la cabeza siguiendo el ritmo, movía el cuerpo y respondía a cada nota con una sonrisa. 

La música seguía siendo el mismo puente que había nacido años atrás. 

Porque, a veces, una canción no cura una enfermedad, pero sí puede acompañar, abrazar y recordar que incluso en los hospitales también hay espacio para la alegría, la imaginación y la esperanza. 

Por muchas más madres que nunca dejen de luchar, por más sonrisas de fuerza incalculable, por muchos más niños con ganas de vivir. 

Y por muchos más payasos de hospital capaces de regalar, cada día, un poquito de amor, un poquito de magia y un poquito de fantasía allí donde más se necesita. 

Con amor, 
Doctora Pastilla