El señor de la nariz de payaso 

La Doctora Pastilla y Vicent de Manteniment caminaban una vez más por los pasillos del hospital, esos pasillos largos donde a veces el silencio pesa más que el ruido. Al entrar en una de las habitaciones, se encontraron con un señor muy peculiar. Estaba en su silla de ruedas y tenía algo imposible de ignorar: una sonrisa permanente, de esas que no piden permiso y se quedan. 

Era evidente que la vida no se lo había puesto fácil. Aun así, llevaba la alegría escrita en la cara, como si hubiera decidido que, pasara lo que pasara, no iba a esconderla. Desde el primer momento no paró de reír. Nos decía que nuestra visita le había cambiado el día, que desde que habíamos llegado la habitación se sentía distinto. 

En un descuido, saqué de mi bata una nariz de payaso. Se la ofrecí sin decir mucho, como quien regala un secreto. Él la miró, soltó una carcajada y se la puso de inmediato. No preguntó nada. No hizo falta. Le pusimos nombre allí mismo: don Rogelio Carcajadas, y desde entonces ya no fue solo un paciente. 

Don Rogelio empezó a acompañarnos por los pasillos, rodando despacio pero decidido, saludando a quien se cruzaba, repartiendo risas como si fueran medicinas. Durante un rato fue uno más del equipo: un trabajador sin uniforme, pero con la mejor herramienta de todas. 

Más tarde tuvimos que seguir con nuestro servicio en otras plantas. Pensamos que se habría quedado en su habitación. Pero no. Al mirar hacia el patio del hospital lo vimos de nuevo: allí estaba don Rogelio, con su nariz roja bien puesta, charlando con la gente, riéndose con desconocidos y sintiéndose parte de algo más grande. 

Y en ese momento entendimos que, por unas horas, había dejado de ser solo un señor en una silla de ruedas para convertirse en compañero, en alegría… y en recuerdo. 

Doctora Pastilla