De paredes, héroes e intereaventuras sobrevenidas

Una de las razones más emocionantes de la actividad hospitalaria:

“Todos los grandes han sido pequeños, pero pocos lo recuerdan.”
— Antoine de Saint-Exupéry

Hay aventuras que nacen donde menos te lo esperas. A veces, allá donde parece que la desventura tiene el guión ganado, aparece una puerta imaginaria (o no tan imaginaria), una chispa de juego, y palmo! Una nueva historia empieza.

Y esta vez empieza así: con unas paredes blancas, unos zapatos que no hacen ningún ruido, y un equipo de payasas y payasos de hospital cargados hasta arriba de cosas invisibles —y otros que no lo son tanto— para hacer más fuerte otro equipo protagonista. Aquí es donde entra la variable más mayúscula del mundo hospitalario.

Pero en realidad es mucho menos variable del que parece: el equipo sanitario.

Enfermeras, auxiliares, médicas, pediatras, familias… todas estas figuras que no llevan narices pero que hacen magia igualmente. Sin escenario. Sin foco. Sin red.

Quizás no son perfectos —¿quién lo es?—, pero su capacidad de ser, de sumar y de estar al servicio de los otros, nos impresiona. Y nos inspira.

Porque aquí, en este hospital, las jistórias (sí, con j, de jugar) nos atraviesan. Las queremos jugar todas: las buenas, las difíciles, las tiernas, las que cuestan de explicar. Somos personas con narices rojas, enganchadas al juego y a la vida que hay detrás de cada puerta de habitación.

Y en este camino de juegos e historias, a veces aparece la magia. La de verdad. La de sentirnos acompañadas.

Porque he aquí que, en medio de un pasillo o de un quirófano, o junto a una cama pequeña, hay alguien que nos mira y nos dice con un gesto: “ahora, sí”.

Luces, cámara… acción!

Vamos por trabajo y… nos vemos, nos reencontramos, nos intuimos, nos informamos, y otras muchas veces, nos buscamos.

Para colaborar, para sumar, para improvisar con la única certeza que lo que hacemos juntxs puede cambiar un día. En un rato o en un momento de nada que, justo hoy, lo es todo.

Y no siempre es fácil, esto ya lo sabemos. Hace rato que hemos dejado de creer en las palabras “siempre” y “nunca”, porque cada niño, cada situación, cada familia tiene un mundo propio. A veces con puertas abiertas. A veces cerradas. A veces con rendijas por donde colar un chiste, una mirada, una caricia que suena como un “todo irá bien”, aunque no lo sepamos seguro.

Y aquí es donde el trabajo compartido entre pallass@s y sanitarios acontece una de estas jistórias singulares, que no se pueden repetir ni imitar. Porque tienen un ritmo propio.

Una modalidad de vértigo que solo se puede vivir, no explicar.

«Cuando sumamos miradas, no solo vemos más: también vemos mejor.»
— Anónimo (o quizás un payaso de hosipital que no quería firmar…)

Por eso, cada vez que una puerta se abre, cada vez que un equipo nos hace lugar, cada vez que compartimos una mirada cómplice con una enfermera, un médico, una auxiliar o una madre que aguanta la respiración…

sabemos que esto que pasa es grande.

Es pequeño. Es preciso.

Profesor Sin Tesis