El último día que estuvimos trabajando juntos la Estrellita Vitaminas y yo, Amorfino, conseguimos una cosa preciosa. Imagináoslo: la habitación de un adolescente oncológico. A priori, todo un reto.
El recibimiento fue muy bueno; reían de todo lo que hacíamos y de lo que nos pasaba. Notábamos que esperaban con afecto nuestra visita, puesto que la necesitaban para salir del estado de aburrimiento y cansancio propio de un ingreso hospitalario.
Despacio, nuestra actuación empezó a acontecer un número de magia. Enlazábamos trucos de magia cada vez más ridículos, y esto era lo que daba risa. No se trataba del truco, sino de la actitud con que la Estrellita y Amorfino lo defendían.
En un momento dado, el adolescente preguntó si también podíamos hacer desaparecer la jeringuilla con la medicina que tenía encima la mesa. Parecía que lo decía porque hacía horas que se enfrentaba a aquella medicina y nunca encontraba el momento de tomarla. Parecía que la jeringuilla era a su lado diciéndole: «Me tienes que tomar, me tienes que tomar, me tienes que tomar», y ella no le quería hacer caso. Ni la miraba.
De repente, se nos acudió aceptar la propuesta y hacer participar la madre como espectadora. Tapamos la jeringuilla con un pañuelo y, después de pronunciar las palabras mágicas, quedó vacía.
Ella, haciendo un esfuerzo titánico y con cara de asco, se tomó finalmente la medicina que tanto le había costado tomar. Queriendo seguir el juego de los dos magos y con la ilusión de sorprender su madre, aprovechó nuestro juego para superar con éxito la barrera que tenía delante.
Estuvo tan agradecida que la hubiéramos invitado a jugar y, a la vez, a tomar de una vez por todas la decisión, que nos regaló uno de los pañuelos que ya no se tenía que poner en la cabeza porque ya había acabado el tratamiento de quimioterapia.
Al salir de la habitación, sentimos que no solo la habíamos dado risa, sino que también la habíamos ayudado a jugar y a superar un momento difícil.