Cuando un no también es un regalo  

Para los payasos, los “no” absolutos también existen. 

Es martes en el Hospital de Can Misses. Guido Latido toca suavemente a una puerta y la abre con delicadeza para que su voz entre antes que nosotros. Ese es justo el momento que Lola Cortisola aprovecha para colarse dentro y decir: 

—¡Uy! ¡Si ya estamos dentro! 

Dentro hay dos camas: una vacía y la otra deshecha, pero también vacía. El dueño de esa última cama está al fondo de la habitación, mirando por la ventana. 

Lentamente se gira y nos dice: 

—Os lo agradezco de todo corazón. Conozco vuestra labor, pero hoy… hoy no es el día. 

En su voz hay emoción contenida; en sus palabras, dulzura; y en sus ojos, una lágrima a punto de convertirse en catarata. 

Silencio. 

Entre los tres se instala un gran silencio. 

Lola da un paso al frente. No piensa demasiado; las palabras le salen solas: 

—Gracias a usted, de todo corazón, porque nos gusta mucho que nos digan la verdad. 

Él ya no está junto a la ventana. Ahora está cerca de Lola y al lado de Guido. Toma las manos de ambos payasos y repite: 

—¡Gracias, gracias! 

Lola mira a Guido. Hay un guiño en sus miradas, una complicidad que no necesita palabras. 

—Gracias las que intentamos —dice ella. 

Y, para rematar, Guido añade: 

—Y hoy no lo hemos conseguido… ¡Vaya par de payasos estamos hechos! ¡Hoy no deberíamos cobrar! 

Entonces el señor ríe. Y al mismo tiempo se emociona. 

—Anda, iros ya… que vosotros sois mucho más que payasos. 

Y así es como, a veces, un “no” se convierte en un “sí”. 

O como una lágrima puede abrir el camino a una sonrisa. 

Lola Cortisola