La historia pasa el veinticinco de diciembre de 2025, un día en que en el hospital se respira un ambiente más tranquilo, pero también cierta tristeza de las personas que no pueden ir a comer con sus familias porque tienen que quedar ingresadas.
Con en Bilirubino, después de pasar por la planta pediátrica, vamos a una planta de adultos. Al pasillo nos encontramos una pareja que conozco, y nos explican que la madre de él está a paliativos, que ya es una mujer grande y que la están despidiendo.
Le pedimos si quiere que entremos a cantarle una canción menorquina que ella conozca, y su hijo me dice que sí, que le haría mucha ilusión. De golpe me doy cuenta de que no somos muy conscientes del que esto implica, porque les tengo cierto “cariño”, y me empiezo a poner nerviosa pensante qué canción menorquina puedo cantar que sea pulcra, que me salga bien y que no me equivoque con los acordes…
Cuando entramos en la habitación, el corazón se me acelera. Veo la cara de ilusión de él mientras le dice: “Mira, mamá, han venido los payasos a cantarte una canción menorquina, de aquellas que te gustan y siempre cantas”.
Las manos me empiezan a sudar, siento un nudo a la garganta y por un momento quería salir deprisa, con miedo de no estar a la altura… pero respiro profundamente, pongo los dedos encima del teclado, cierro los ojos y empieza a sonar la canción de “Menorca”. Intento poner la voz más amorosa y cálida que me sale.
De reojo veo como las lágrimas brotan de sus ojos, emocionados. Y me doy cuenta de que no los puedo mirar, porque si no yo también acabaré llorando. Así que aguanté, respiré por dentro y mantuve la calma para poder acabar la canción.
La cara de agradecimiento entre lágrimas no la olvidaré nunca… porque su madre pudo marchar en paz, con Menorca en el corazón.
Doctora Vitamina