Burbujas con rumbo compartido

Aterrizamos de buena mañana. Y sí, lo tengo que confesar: tenemos suficientes zapatos para hacer un aterrizaje como es debido. Mi compañero, el clown celador Micromino, y yo, el clown profesor Síntesis, desplegamos alas en el Hospital Universitario Son Llàtzer y ensartamos rumbo 45° suroeste hacia la unidad de Cirugía Mayor Ambulatoria. 
 
Antes de entrar a escena, hay el ritual imprescindible: la transmisión con el equipo sanitario. Nos ponen al día con rigor y delicadeza: quién es la paciente, que necesita y qué es el momento clínico. Sin esta complicidad, no hay quiere posible. Nos ajustamos las gorras con la misma seriedad con que ellos se colocan las batas. 
 
En la habitación nos espera E, de cuatro años, con intervención programada por aquella mañana. También hay su familia, con aquella mezcla tan reconocible de amor, nervios y esperanza contenida. 
 
Tocamos la puerta. El juego se enciende solo de abrirla. 
 
El profesor Síntesis (que hoy ha decidido ser “tera protagonista”) se sube las ojeras, pregunta permiso para entrar a la zona. Luz verde. Y a continuación, sin que nadie lo espere, valla la puerta en las narices de Micromino. Lo deja fuera, masticando dignidad ofendida y zapatos desorientados. 
 
El conflicto está servido. 
 
“Ah, dispensen… ahora recuerdo que he vengut acompañado”, digo muy serio. “Queréis que entre el celador Micromino? ¿A que no lo queréis…?” Ojos cerrados, cabe en alto, como si la respuesta fuera evidente. 
 
Pero E, con una claridad que atraviesa cualquier escena, dice que sí. Que entre. 
 
“Ahhh… así es que sí que quieren que entre… empiezo a entender”, respondo, descolocado. 
 
Cuando voy a buscarlo, Micromino entra decidido… y me deja a mí fuera. La puerta se convierte en frontera, en escenario, en metáfora del “quien puede y quien no puede”. Hasta que E, con autoridad de capitana, nos hace pasar a los dos. La orden vuelve, pero ya no es el mismo: ahora es compartido. 
 
En este preciso momento entra el cirujano. Tiene que hacer una última comprobación antes de la intervención. Se dirige a la familia y después a E, y explica que le auscultará los pulmones. 
 
Micromino, rápido como una jinete, ya tiene el pompero a punto. Destapa el jabón y ofrece el aro brillante. La propuesta es clara: por auscultar bien, hay que soplar fuerte. Y para soplar fuerte… qué mejor que hacer burbujas? 
 
E inspira. Sopla. Una, dos, tres burbujas atraviesan la habitación. El médico escucha. Los pulmones responden. La familia observa cada detalle, sin perderse nada. El aire se transforma: aquello que era prueba médica acontece juego compartido. 
 
El pompero va a favor de todo el mundo: del médico, que puede hacer su trabajo con una muñeca colaboradora; de la familia, que ve su hija activa y valiente; y de nosotros, que sostenemos un espacio donde el miedo puede convertirse, por unos instantes, en burbujas frágiles y luminosas. 
 
Esto es el que hacemos. No sustituimos nadie. No interrumpimos procesos. Nos integramos. Con respeto, con escucha y con oficio. Convertimos puertas en escenarios, sopladas en alianzas y habitaciones en lugares donde la medicina y el juego respiran juntos. 
 
Y, a veces, todo empieza con unos zapatos que saben aterrizar. 
 
Profesor Síntesis